
Hace ya dos semanas comenzaron sus clases los alumnos andaluces de primaria. Este año recibirán unas cuantas horas de Oratoria a lo largo del curso. La mayoría, por primera vez. El término oratoria (no digamos ya el de retórica) no me apasiona. Como tampoco llamar Conservatorio al lugar donde aprendemos a tocar un instrumento. En la EGB teníamos clase de pretecnología. Todavía hoy me pregunto cómo me divertía tanto en una asignatura de nombre tan aburrido. Hablar en público, Hablar para convencer, Presentación de proyectos… quizá sean títulos más precisos y más atractivos para niños de seis a doce años.
Los profesores de Lengua parece que serán los encargados de dar las clases de oratoria. Yo les recomendaría que no lo complicaran demasiado y que dejaran los argumentos persuasivos del discurso (logos, ethos, pathos) y a los clásicos griegos para cuando los niños crezcan. Que les pongan a sus alumnos vídeos de Malala Yousafzai o de Greta Thunberg antes que hablarles de Cicerón o Aristóteles. Que ya habrá tiempo. Que dejen aparcados el exordium, la narratio y la peroratio y que enseñen a los niños a cómo captar la atención de su audiencia; a cómo diseñar mensajes claros y sencillos; a razonar y dar evidencias. Que no den nada por sentado. Que sean más críticos y que la verdad no está en el primer resultado de una búsqueda en Google.
Hablar en público no es fácil. Para conseguir hacerlo bien se necesita práctica (¿conocéis alguna disciplina que no la requiera?). Para todos, pero en especial para los niños, es una competencia básica. Les ayudará a mejorar su autoestima, a manejar sus emociones y a controlar sus nervios. Dominar esta disciplina les hará conseguir sus objetivos, despertará en ellos su espíritu crítico y mejorarán su empatía, al ponerse en el lugar de su audiencia cuando tengan que debatir con ella.

La capacidad de expresarse bien y de hacer buenas presentaciones en público (“comunicación”) es una de las llamadas habilidades blandas (traducción literal de soft skills), muy solicitadas en el mundo laboral, junto al trabajo en equipo, la adaptabilidad o la actitud positiva, entre otras. Es lo que marcará la diferencia entre dos niños con los mismos conocimientos en una materia o las mismas calificaciones al final de curso. En esos futuros distópicos que nos dibujan series como Black Mirror, ni los robots ni la inteligencia artificial podrán sustituir habilidades como la persuasión, la intuición, la imaginación o la inteligencia emocional. Merece la pena trabajar en ellas desde la escuela.