
Uno de los mayores desafíos al que nos enfrentamos hoy en día (profesores, consultores, periodistas, directivos, padres, estudiantes, etc.) es dotar de claridad a las ideas complejas y hacerlo más deprisa y más persuasivamente que nunca para una audiencia que tiene el mayor nivel de acceso a la información de toda la historia. Así concluía uno de sus libros Dan Roam, consultor en comunicación de Google, Microsoft o la propia Casa Blanca.
Y es que entre tanta palabrería, cada vez es más frecuente encontramos con mensajes difíciles de entender y que no logran hacer que nuestro cerebro los transforme en una imagen clara y reconocible. Tenemos que reivindicar la sencillez y la concreción en nuestras palabras, a la hora de escribir una noticia, redactar un discurso o hablar en público. Y, además, saber adaptar el mensaje a cada audiencia y en función del canal utilizado.
El reto es enorme puesto que el arsenal informativo también lo es. Hace años que convivimos con las ediciones digitales y las redes sociales (Twitter, WhatsApp, Telegram, Facebook) que, junto a los medios tradicionales, se han convertido en lugares de consulta habitual para un porcentaje cada vez mayor de “lectores”. No podemos sacrificar la claridad y la nitidez de lo que queremos contar aunque ello nos reste “me gustas”, shares o retuits. A eso tenemos que añadir un ejercicio de responsabilidad conjunta en la detección de bulos y “fake news”, creados por lo general con la intención de confundir o difamar al adversario.
Hay que reivindicar la claridad de los mensajes en una época de noticias y discursos confusos
Si nos centramos en el uso de la palabra, hablada o escrita, vemos en los últimos tiempos cómo los diferentes actores del debate político están diseñando toda una serie de mensajes dignos de estudio. No se elaboran argumentos lógicos o racionales, ni se explica a los ciudadanos -con datos y evidencias sólidas- las consecuencias de que una persona o una institución tomen tal o cual decisión. Al contrario, se elaboran textos y argumentos que apelan casi en exclusiva a nuestras emociones y a nuestros sentimientos, para que actuemos, no para que pensemos. Y eso lo saben bien aquellos encargados de diseñar estrategias ya sean de marketing o de comunicación política. Fuera de nuestro país también tenemos ejemplos de campañas con escasa pedagogía de cara a los ciudadanos (como ocurrió con el Brexit o en las elecciones a la presidencia de Estados Unidos).

En el discurso político, el corazón y los sentimientos ganan puestos sobre los argumentos lógicos y la razón
Por otra parte, en el contexto actual de tensión social y política es habitual el uso del ataque personal en los debates públicos (la falacia ad hominen). Las ideas del adversario no importan y se le descalifica por su lugar de nacimiento, por sus siglas políticas o por su ideología. Se le etiqueta y se le ataca por ser quien es, no por sus argumentos.
Por desgracia, también está muy de moda el uso de mensajes que incluyen falsos dilemas donde una de las partes nos presenta dos opciones como las únicas posibles, cuanto más extremas mejor. En realidad, existen muchas otras que no se molestan en explorar, ni en explicar a la opinión pública. Siempre hay más alternativas, lo que ocurre es que no interesa conocerlas. No interesa debatir, no interesa llegar a acuerdos.
El ataque a la persona, no a sus ideas, y los falsos dilemas son falacias muy habituales
Cuando se cubren determinadas noticias, creo que es justo reivindicar de los medios de comunicación la elaboración de artículos y reportajes con argumentos lógicos, evidencias sólidas y datos contrastados. Hoy más que nunca hay que apelar a la inteligencia de nuestros lectores y provocar en ellos un sano debate y una reflexión diaria sobre lo que se lee, se escucha o se ve. Si no lo hacen los medios, no creo que otros líderes de opinión lo hagan. En nuestras manos está hacernos eco de la propaganda o apostar por una información de calidad.
Nota del autor: Este artículo fue publicado por primera vez en Diario de Almería (Suplemento X Aniversario).
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